domingo, 15 de marzo de 2009

Conociéndonos... a nosotras mismas

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Vivimos vidas aceleradas en estos días. Nos debatimos entre preparar el desayuno, planchar nuestro pelo, tener listo el uniforme de los niños y además, prepararle la ropa al esposo cuando sale a trabajar.

Nos dedicamos a trabajar horas incesantes en una oficina. O a dedicarle tiempo a nuestro hogar, cuando así se requiere. Y no nos queda tiempo para descubrirnos. Para analizar si cuanto hacemos a diario está bien o está equivocado.

Proferimos palabras hirientes. Muchas veces juzgamos sin pensar. O somos egoístas, reflejando en otros nuestras actitudes. No nos da tiempo eso es... de acercarnos al espejo de Dios y vernos realmente como somos.

Cuando dedicamos tiempo a nosotras mismas. A evaluar nuestras actitudes, a valorar nuestros aciertos. Vamos madurando, vamos creciendo. No podemos quedarnos siempre como las niñas que tienen que ser guiadas por sus esposos, como las ovejas que siguen a un mismo rebaño, al montón de mujeres maledicientes que existen. No podemos dejar que nuestro corazón se llene de los abrojos del rencor, la ira, el odio.

Es necesario y urge, que cada día doblemos rodillas y pidamos a Dios nos enseñe a aprender de nuestros errores. A que hagamos un examen diario de nuestras actitudes y nuestro comportamiento. A pedir perdón por cuanto hemos hecho mal, y a poder ser renovadas, limpias de todo mal.

Vemos todo muchas veces, a través de nuestro propio cristal, y podría estar empañado por el polvo, o la suciedad de una vida que no tiene moderación. Es importante que en búsqueda de Dios cada día, pidamos sabiduría. Recordando que somos, pilares, bastiones en los que se sostiene una familia.

Dios quiere que ante todo tengamos un corazón limpio. Una conciencia justa. Que seamos mujeres virtuosas, sin lugar a dudas, que conocen sus limitaciones y también sus valores. Acerquémonos al manantial de agua de vida, que es Dios, observemos nuestro reflejo, y si estamos cayendo en tener un concepto diferente de nosotras, a lo que realmente somos, dejemos que su bendita agua nos bañe, y nos limpie de todo pecado...

Y aprendamos que somos únicas, vasijas útiles, vasos frágiles, en los cuales Dios ha puesto sentimientos nobles, virtudes y valores, que nadie más tiene. Mientras más nos acerquemos a Dios en oración, mucho más iremos obteniendo su personalidad en nuestras vidas, nos iremos asemejando tanto a él, seremos transformadas y renovadas.

Tú amas la verdad en lo íntimo
y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.

Purifícame con hisopo y seré limpio;
lávame y seré más blanco que la nieve.

¡Crea en mí, Dios, un corazón limpio,
y renueva un espíritu recto dentro de mí!

(Salmo 51: 6,7 y 10)

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